jueves, 3 de septiembre de 2009

Internet: Sí, pero...




















Antonio Pasquali
El Universal Digital, 22 de enero de 1998


¿Internet? Una feliz disolución en interactividad de las viejas dictaduras unidimensionales, políticas y de mercado en el campo de las comunicaciones. El último tranquilizante universal, a difundir ampliamente donde se vislumbren agitaciones sociales mayores. Un avance tecnológico 'con hormonas', sobrecargado de ciber-explicaciones efectistas. El arma final de la mercantilización globalizada. El instrumento realmente definitivo para la democratización del saber. Un hermoso proyecto próximo a naufragar en pulpería. La frontera final de la libertad de empresa y de comercio. El último acto de la decadencia de Occidente, en una incontrolable orgía de obscenidades, ilegalidades y violencias. El reducto de todas las libertades...
Internet es un poco de todo eso y otras cosas, en su íntima sustancia. A partir de este artículo intentaremos —con la modestia de rigor— ofrecer una mini-guía razonada y adulta para la mejor inteligencia de tan definitiva transformación comunicacional, averiguando —en lo que sea posible— por cuál fase de su evolución andamos, más allá de infantiles o manipulados panegíricos.
Dos hechos pueden asumirse de una vez como apodícticamente ciertos:
a) La red Internet, tan avanzada y tan en pañales aún, ha venido para quedarse, para envejecer definitivamente la TV tradicional, imponer sus reglas de juego a la multimedialidad, y radicalizar aún más démoslo por cierto la brecha entre ricos y pobres, entre decisión maker y couch potatoes; constatado lo cual, mejor será que la clase pensante y dirigente del país se vuelva pronto y masivamente usuaria habitual pasiva y activa de dicho servicio: alejará un poco más la eventualidad de quedar cortocircuitada, de ser pensada y dirigida heterónomamente.
b) Internet es uno de los grandes cuellos de botella al que confluyen, y confluirán siempre más progresos tecnológicos, decisiones políticas, diatribas conceptuales y sentencias jurídicas de la mayor relevancia para nuestra época (con un retardado tercer mundo siempre más a la zaga).Cada período histórico, recordémoslo, ha centrado por ejemplo su debate sociopolítico acerca de la libertad en situaciones consideradas paradigmáticas para su entorno: libre navegación por los océanos, abolición de la pena de muerte y de la esclavitud, independencia política, libertades económicas, etcétera. El nuestro ya eligió Comunicaciones (campo de batalla de colosales intereses ideológicos y económicos) como palestra privilegiada para tal debate. Pero ya el entero bagaje semántico-conceptual que caracterizó las diatribas de los años 50 a 80 sobre Medios de Comunicación Masivos, MCM, ha quedado transferido al terreno de Internet, con su contienda entre reguladores por un lado y partidarios de un irrestricto free flow de contenidos por el otro. Habrá cambio de actores, se descubrirá que los viejos críticos de los MCM 'no dejaban de tener razón', la discusión será aún más encendida y envolverá filósofos y conglomerados, tecnócratas, entidades supranacionales y cortes supremas.
Pero volvamos un instante a nuestros pequeños monitores conectados a Internet. Desde la posibilidad de revisar por la mañana, a costos irrisorios, todos los mayores diarios del mundo (lo que nos otorga eo ipso un privilegio antes reservado a emperadores, jefes de Estado, superministros y directores de multinacionales, y no a todos), a la de escuchar en directo el último boletín de los grandes servicios radiales de la Tierra; de la facilidad de reservar desde casa un asiento en el tren Eurostar ES9321 que el 5 de mayo próximo, a la 1:40 pm, nos llevará en hora y media de Florencia a Roma, a la de 'bajar' en un santiamén unas ciento cincuenta páginas de preciosa información sobre la meta de unas próximas vacaciones, los Parques de Yellowstone y Gran Teton, resevando de paso el hotel más conveniente y mejor ubicado, desde la felicidad de naufragar en el océano de los dos millones quinientos mil títulos que ofrece en venta tal librero, a la comodidad de seleccionar y reservar la butaca 26 de la octava fila de patio para un espectáculo del Metropolitan de febrero de 1999; de la consulta sobre vinos a una base de datos muy especializada, a la invalorable ventaja, para tal médico de Barinas, de mantener sus conocimientos up to date en cotidiano diálogo profesional con colegas del mundo entero; del vértigo pascalian de las fotos intergalácticas del telescopio Hubble, a las escalofriantes imágenes terrestres captadas por las cámaras de uno cualquiera de entre mil cien satélites (usted escoge cuál), seleccionando por ejemplo desde BrasilsatB2 la Caracas nocturna, viéndola desde 39.000, 1.200, 204, 49 ó 14 kilómetros de altura, sabiendo que bajo una de esas incontables lucecitas está usted en ese mismo instante con su conexión Internet prendida, cual personaje de Calvino, viéndose a sí mismo desde el vacío... De esta formidable expansión de los conocimientos, de la comprobaciónempírico-eidética y de la praxis no se vuelve atrás, sería tanto como desechar la nevera y la lavadora para volver a la alacena y el fregadero municipal.
El párrafo recién concluido da una visión irreprensible, o sea 'veraz' de Internet, pero 'buenista' y falsa por omisión (es la triste suerte de mucha información veraz). Como todo el mundo sabe, la red permite igualmente otras navegaciones: en océanos de intrascendencias o de información-basura, en pornografías generalmente más tristes que las vidrieras del barrio rojo de Amsterdam, o entre los filosos colmillos de gente ansiosa de vendernos algo y de grabar en su disco duro el número de nuestra tarjeta de crédito. En ella hay de todo como en la vida, se dice. Pero un 'todo', como veremos, más pilotado que espontáneo, y que nos está planteando algunasde las más graves interrogantes morales, educativas, económicas y jurídicas de nuestra época.

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